Paternidad

Ya hace dos años del post Va de motos, trabajos e ilusiones, dónde daba un ligero repaso a ciertos momentos de mi vida, usando mis motos y trabajos como hilo conductor. Al final hacía mención a la paternidad. Por entonces, mi mujer y yo buscábamos descendencia, y fue un año más tarde cuando Ana me dijo que estaba embarazada. Nueve meses más tarde, nació nuestra hija Abril.
No voy a usar este post para explicar mis sensaciones y vivencias como padre, pues aún es pronto (la paternidad es de digestión lenta…). Esa entrada llegará, si llega, más adelante.

Esta Navidad he podido disponer de tres semanas de vacaciones, veintidos días para ser más exacto, y los he pasado al completo con mi familia.
Al poco de ser padre, hubo gente (hombres) que me dijeron que ahora me daría cuenta de lo feliz que es uno yendo a trabajar, por aquello de descansar de tu hija unas horas. Y les creí… Cuando llegaba a casa, tras diez horas en el trabajo, me apetecía ver a mi hija, pero al poco me sentía muy cansado y con ganas de descansar, haciendo labores mundanas o hacendosas. Y llegué a pensar que todo el día con mi hija sería agotador.
Pero en estas tres semanas me he dado cuenta lo equivocado que estaba, y que disfrutar de mi família las veinticuatro horas del día, un día tras otro, ha sido el mejor regalo de Navidad que podría soñar.

2014-01-09 13.44.54Y ahora que mis vacaciones están a punto de acabar, me da mucha pena perderme todas esas horas con mi hija. Que una madre deba abandonar a su hija en una guardería a los cuatro meses para volver al trabajo es una atrocidad. Pero que un padre deba hacerlo tras ¡dos semanas de permiso de paternidad!, eso ya es sumamente injusto.

Ojalá cambiaran las cosas en este país referente a este tema, los beneficios para padres e hijos serían inmensos. Creo que el permiso de paternidad y maternidad debería ser de un año, esos primeros doce meses con tu hijo son esenciales, tanto para crear unos vínculos fuertes como para disfrutar de su rápido crecimiento.

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En una burbuja

A veces uno siente la necesidad de encerrarse en una burbuja que le proteja de malos pensamientos, sentirse arropado, retroceder en el tiempo y volver al vientre materno, libre de preocupaciones. Al menos un ratito, un descanso ante un cúmulo de circunstancias que te superan y que te llevan al colapso.

En esos momentos me pongo música relajante, canciones que he escuchado miles de veces y que me transportan suavemente a esa burbuja de paz y silencio. Suelo tener preparadas hasta dos horas de música, por si me apetece alargar la relajación.
Disfruto de cada nota, mi respiración baila una melodía serena y tranquila, mi cuerpo se va relajando y mi mente va callando, poco a poco. Unas veces bastan veinte minutos, otras más.

A medida que los pensamientos se van reduciendo y mi mente está más y más calmada, me imagino en esa burbuja, flotando, envuelto en un halo protector, una membrana que impide la entrada de más información y que tarde o temprano, me conducirá al silencio absoluto.

Cuando un pensamiento se acerca a la burbuja, choca contra la membrana e intenta entrar. Imagino que levanto el brazo, suavemente, le doy un golpecito al pensamiento y desaparece. Así con todos… Lo único que debe pasar por mi cabeza es:

Soy amor, puro amor
Soy una persona especial
No le deseo mal a nadie
Soy feliz, inmensamente feliz
Gracias

Al terminar la relajación, me inunda una maravillosa sensación de paz y harmonía. Suelo hacerlo en la cama, antes de ir a dormir. Así, tal como termino, me arropo y me acuesto. Al día siguiente me levanto lleno de energía y feliz, conmigo mismo, con la vida y con el mundo.

A veces, cuando algo me preocupa mucho, uso esta meditación para encontrar una respuesta. Al mantra usado anteriormente le sumo una pregunta, que sólo expongo cuando he conseguido un estado elevado de calma.
La pregunta debe ser sincera, honesta y debe hacerse sin esperar respuesta alguna. La lanzo al espacio infinito, doy gracias y continúo la relajación. El Yo interior responderá de una forma u otra, consciente de que nosotros somos, siempre, el origen y la solución al problema.

Va de motos, trabajos e ilusiones

A principios de los 90, ganando mi primer sueldo en un supermercado y con el servicio militar ensuciando de miedo mis días, tuve mi primera moto.
En ese super estuve tres años, y por aquel entonces tenía claro que en un trabajo no debía permanecer más tiempo (ahora mismo soy incapaz de adivinar como llegué a esa conclusión). El primer año hice realidad mi primer objetivo, adquirir un ordenador (personal). Fue un Commodore Amiga 500, mío por unas 126.000 ptas. Con él, ya tenía montado mi imperio tecnológico en casa, ahora me faltaba un medio de transporte (personal). En esa tarea me ayudó mi hermano, más puesto en el tema. No recuerdo si tuve algo que ver en la elección del ciclomotor, pero finalmente la elegida fue una Suzuki DR Big.

Esa moto cubicaba 50cc pero como estaba trucada, cogía los 80Km/h de velocidad máxima. Era alta de narices y subido en ella uno se creía por encima de los demás. Fuera verdad o no, al menos se tenía una mejor perspectiva a la hora de conducir, que siempre es bienvenida. De este bonito conjunto de chatarra guardo más malos recuerdos que buenos. Malo el día que nos detuvo la policía por contaminación acústica; malos los días que llovía y la moto se negaba a arrancar; horrible el día que, tras dejar una nube blanca y apestosa parado en un paso de cebra, los demás motoristas me llamaron la atención, y yo deseé conocer la fórmula del ‘canvi de lloc instantani‘. Pero debo reconocer que la primera vez que me moví en moto por Barcelona sentí un placer fascinante, similar al que experimenté la primera vez que paseé escuchando el Walkman… esa especie de autismo, sentirte invisible, como circulando en una burbuja…

Los tres años pasaron volando, y un servidor tuvo que cumplir con la patria, madre para algunos, tocahuevos para otros. Conocedor de mis limitaciones, afronté esos nueve meses como una prueba personal, una pista americana de miedos a superar. Unos fueron derrotados, otros aun tardarían más de una década en caer sometidos…

Meses antes de partir a Jaca a vestirme de caqui, fijé mi tercer target, la que sería mi segunda moto. Siendo uno muy ahorrador, esos años de reponedor dieron para mucho. Conseguí mi querido Amiga 500, la Suzuki, un Amiga 2000, otros pequeños gastos y aun me sobró para que, al volver de hacer monerías en el ejército español, pudiera comprarme la moto de mis sueños, la Yamaha Diversion XJ 600.

Pero superar mis miedos me costó caro, muy caro… Al volver a mi hogar descubrí que me había pulido el 90% de mis ahorros. Bien, era hora de buscar un nuevo trabajo y volver a ahorrar. Lo malo es que el precio de la moto subía más deprisa que mis ahorros, y a medida que me iba acercando al valor de la moto, éste aumentaba y yo debía esperar varios meses más de ahorro, y así in eternum. Al final no tuve más remedio que optar por una moto de segunda mano.
Esta moto me aportó grandiosos momentos, sueños hechos realidad y algún que otro disgusto. Pero el resultado fue tan bueno, que casi estuve a punto de cambiarla por otra nueva y mejorada Yamaha Diversion.
Habían pasado cinco años cuando mi adorada XJ sufrió una terrible violación. Me la robaron, le provocaron desperfectos y la dejaron tirada en una cuneta. Sí, pasadas unas semanas volví a estar montado en ella, pero ya no era la misma… algo había cambiado. Corrían vientos de cambio, en efecto, y nada escapa al huracán del destino, esa voz interior que te dice por aquí, ahora debes seguir por este camino y abandonar el otro.

Como explicaba, reunir el dinero para comprar la Diversion me obligó (y mi madre también) a buscar un trabajo. Encontré laburo en una óptica, donde presté mis servicios de distintas maneras durante casi ocho años. En esa entrañable empresa familiar encontré financiación, amigos, amores, estabilidad… y un nuevo objetivo, mi siguiente moto.

Habíamos cambiado de siglo, de moneda, de gobierno y a mi me tocaba cambiar de curro y de moto. Por un lado necesitaba un trabajo que aprovechara e incentivara mi lado creativo, muy ocioso en los últimos años, y por otro un vehículo más rápido y más potente. Como tenía muy buen rollo con mi mecánico Yamaha, preferí continuar con la marca japonesa y opté por una Yamaha Fazer 600. Esta moto tenía las bondades de la Diversion (manejable, ligera, cómoda) y solucionaba la falta de potencia (pasaba de 61 a 96cv, manteniendo la cilindrada y el peso).  A mi pareja por entonces le gustaba correr, y la Fazer nos hizo disfrutar de lo lindo. Las restricciones de velocidad no eran como ahora, y se podía circular a gran velocidad sin tener que estar pendiente de radares o trampas recaudatorias similares. Recuerdo el esfuerzo que hice durante el rodaje para no pasarla de 120Km/h. Eso sí, cuando se abrió la veda… circulaba cómodamente a 160-180Km/h, e incluso llegué a ponerla a 230Km/h. Otros tiempos…
Los años fueron pasando, inexorablemente, y de nuevo, vientos de cambio.

Mis ganas de correr habían pasado, saciadas totalmente con la Fazer, mi nueva pareja me aconsejaba no pasar de 120, se fraguaba un cambio de trabajo tras otros ocho años de erótica creatividad, y mi moto empezaba a salirme muy cara con unas reparaciones que no estaba dispuesto a seguir manteniendo. Había llegado el momento de abandonar Yamaha.


Algunos malos entendidos con mi taller de toda la vida y otros talleres Yamaha, me hicieron cambiar de marca y visitar un concesionario Honda. Tenían una moto que se ajustaba como un guante a lo que estaba buscando/necesitando en ese momento. Una moto familiar, como me gusta llamarla, y unas prestaciones a nivel de comodidad y capacidad de carga superiores a la media. Con un peso de 230Kg y una potencia similar a mi antigua Diversion, tenía claro que no era una moto para correr, sino más bien un tanque, un vehículo pesado, robusto y fiable. Así es mi Honda NT700V Deauville, con sus 680cc, 65cv y más de 250Kg con carga completa. Durante cinco años ha demostrado que no me equivoqué al elegirla, y aunque su peso me ha dado más de un susto, su excelente mecánica, su preciosa línea y su impresionante presencia han llenado de satisfacción todos los días que he pasado con ella. También quisiera mencionar que a partir del segundo año empezó a sufrir pequeñas averías (pijadas) que si bien no han resultado costosas, sí me han obligado a visitar el taller con más frecuencia de la deseada. A poco más de cuatro meses de su sexto cumpleaños, se aproximan nuevos cambios. Ahora las circunstancias son otras, a parte del trabajo hay otros factores que me conducen hacía un cuarto, y probablemente último, cambio de moto.

Va a resultar difícil desprenderme de mi Deauville, tenemos una relación amor-odio muy especial (cuanto pesas jodía!! pero que bonita eres!!). Llevo varios meses dándole vueltas al tema, buscando motos alternativas, pero la moto que tengo en mente aun no existe y probablemente pasarán unos años antes de que alguien fabrique algo así (y sea asequible).
Mis necesidades a corto plazo me dictan unas características propias de un scooter, versátil, de un peso y tamaño reducidos, potencia alrededor de los 300cc, ABS y mantenimiento económico. La Honda SH300i (2011) y la Piaggio Beverly Sport Touring 350 (2012) son dos buenas candidatas.

PIAGGIO BEVERLY SPORT TOURING 350

Honda SH300 2011

Honda SH300 2011

El 2012, mayas mediante o no, será un año muy especial para mí. Un salto de gigante, tal vez el más grande de mi vida. Paternidad… pero de eso hablaré en otra entrada, pronto…

Vivir el presente

A veces me gusta jugar a echar la vista atrás, repasar mi vida y montar el puzzle. Porque, qué es la vida  si no un puñado de piezas que van encajando, día tras día. Da lo mismo que retroceda dos años que diez, las piezas siempre encajan. Me divierte recordar las cosas que hice a los 16 años, la gente que conocí, las decisiones que tomé y como han repercutido en mi vida, como gotas de agua provocando ondas que viajan a través del tiempo, sin detenerse. Todo aquello que hacemos en la vida, tiene su eco en la eternidad, todo nos acaba influyendo en algún momento, tarde o temprano.

Por eso creo que hay que vivir sembrando semillas de alegría, de humildad, de esperanza, de amistad, de bondad. Si recorro mi vida dejando atrás tristeza, desesperanza, odio y rabia, eso me encontraré en el futuro. Una vez una amiga me dijo ‘el futuro no existe, deja de preocuparte por él’. Razón no le falta, debemos focalizar nuestra atención en el presente, es lo único que importa. Tan solo debo recordar las decisiones que tomé en mi juventud (mi presente por aquel entonces) y darme cuenta como se ha ido construyendo mi futuro, pieza a pieza.
La huella que dejamos en la gente y los conocimientos que vamos adquiriendo son semillas que echan raíces y que brotan ante nuestros ojos, años, décadas más tarde.

Sembrar

Debemos aprender, y yo el primero, en confiar. Dejar de preocuparnos por el día de mañana, o al menos no más allá de lo que dicta el sentido común. Como dice mi querida Milagros, ‘Dios proveerá’. O lo que es lo mismo, ‘Recogerás lo que has sembrado’.

Hace poco Ana compartió en Facebook una entrevista a Elsa Punset, quien nos hablaba de la suerte. Si le dedicáis los 12 minutos que dura el vídeo, os daréis cuenta de la importancia de vivir el ahora y de prestar atención a los detalles, a tener los ojos abiertos y no dejar escapar esa oportunidad que nos brinda el presente, y que puede ser de vital importancia en el futuro.

En la web psicología-positiva tienen ocho áreas que resumen a la perfección cómo debemos construir nuestro presente: Optimismo, Resiliencia, Flow, Felicidad, Creatividad, Humor, Inteligencia Emocional y Fortalezas Personales.
Vivir la vida con optimismo, confiando en que el futuro nos dará lo que necesitemos; y que si no es así, nos dará la fuerza necesaria para superar las adversidades; dedicar tiempo a una actividad que esté a la altura de nuestras destrezas y que nos ayude a fluir; porque eso nos aportará felicidad; se creativo, cocinando, dibujando, escribiendo, interpretando, cantando…; sonríe, la risa es una de las mejores medicinas; emociónate y trata de entender las emociones de los demás; forja tu personalidad en base a unos principios básicos (sabiduría, coraje, humanidad, justicia, moderación y trascendencia).

Series de dibujos animados

Casi todos hemos disfrutado de pequeños con alguna serie de dibujos animados. Sea lo que fuera lo que nos aportara, hacía que nos quedáramos embobados mirando la tele. El otro día llegó a mí un vídeo de una de esas series, y tirando del hilo (aka vídeos relacionados en Youtube) hice acopio de las intros de las series que más me gustaron siendo muy joven. Seguramente me deje alguna, a medida que vaya recordando iré actualizando la entrada.

Dragon Ball

Junto a su sucesora (y Dr. Slump!), la mejor serie anime de todos los tiempos (los mios, claro…)

Dragon Ball Z

Digna continuación, aunque al final se les fue la mano

Dr. Slump

Sigo pensando que estas series deben la mitad de su éxito al extraordinario doblaje en catalán. Info

D’Artacan y los tres mosqueperros

D’Artacan se ponía colorado cuando veía a Juliette!  Info

Jackie y Nuca

Mi hermano y yo tuvimos durante muchos años a nuestros inseparables peluches Jacky (yo) y Nuca (él). Info

La vuelta al mundo de Willy Fog

Mocedades cantaba las canciones!! Info

Érase una vez el hombre

La veía los sábados por la tarde, y con suerte acompañado de un Tigreton!! Info

El Inspector Gadget

La intro en castellano era en francés, esta en catalán es más simpática. Info

La Abeja Maya

Todos los personajes eran adorables, Willi el zángano, Flip el saltamontes… Info

Don Quijote de la Mancha

Doblaje de lujo, aunque por entonces no tuviera ni idea… Info

Ulises 31

No me acabó de gustar, y creo que no la vi terminar. Info

Banner y Flappy

No se qué tenía esta serie, pero me hacía llorar con facilidad… Info

Los Picapiedra

Serie casual donde las haya… esta intro en catalán también mola más. Info

La Familia Robinson

Maravillosa banda sonora. Años más tarde Himekami me regalaría temás similares, para mi gozo y disfrute. Info

Erase una vez una ciega y un mudito

La vida, en su natural perfección, los unió en el preciso momento en que ella deseaba ver más allá de su mundo conocido, y él comunicar más allá de su mundo interior. Así pues, comenzaron un puzzle que poquito a poco fue dibujando un nuevo mañana, lleno de esperanza y nuevas ilusiones. Como si un imán las atrajera, las piezas del puzzle fueron encajando, una tras otra, con suavidad y exactitud.
Al principio, mudito enseñaba a su compañera ciega a sentir el amor desde el silencio. Recorría su suave piel centímetro a centímetro, expresando con sus manos todo lo que sentía: acaricio tu cintura… ‘me gustas mucho’, deslizo mis dedos por tu espalda… ‘qué paz siento a tu lado’, rodeo el cuello hasta llegar a tu hombro… ‘eres preciosa’, te abrazo y pego mi cuerpo al tuyo… ‘no hay momento más perfecto que éste’. Se besaban y se descubrían, en silencio, durante horas.

Por otro lado, la hermosa ciega enseñaba a mudito a comunicarse con el mundo exterior. Con ella aprendería a ser espontáneo, a decir lo que pensaba, sin filtros; a eliminar la timidez, tan arraigada en su garganta tras años de silencio avergonzado; a cantar en voz alta y a gritar; en definitiva, a experimentar una nueva forma de libertad.
Pasadas varias semanas surgieron varias piezas que parecían no encontrar su lugar en el puzzle. Mudito y la alegre ciega las apartaron y siguieron disfrutando juntos de su aprendizaje, aunque los dos sabían que tarde o temprano esas piezas deberían encajar, o todo el puzzle se vendría abajo.
Mientras tanto, mudito empezó a experimentar un sentimiento que no había sentido jamás: celos. Le asustaba tener celos, era un estado visceral y salvaje que escapaba a su control, y no sabía exactamente qué los provocaba. Imaginó que la extraordinaria belleza de su dulce ciega era la fuente de dichos celos, y que con el tiempo acabaría controlándolos. Se sintió dichoso y no le dio más importancia al tema.
La relación avanzaba despacio, no tenían prisa y preferían caminar con paso seguro. Y aunque la mayoría de las piezas iban colocándose sin apenas esfuerzo, seguían habiendo algunas que ninguno de los dos se atrevía a encajar. Hasta que la incertidumbre que provocaba su orfandad obligó a mudito y a su compañera a afrontar la situación. Hallándose ambos en un estado de suma fragilidad emocional, decidieron dar un nuevo rumbo a su relación, con el fin de no hacerse daño y protegerse mutuamente. Acordaron no seguir construyendo el puzzle, dejarlo tal y como estaba y mantener una amistad muy especial que les permitiera, más adelante, continuar el puzzle con garantías. Los dos amigos, satisfechos con su sabia decisión, vieron en ella una maravillosa oportunidad de experimentar un nuevo tipo de relación, excitante y liberal.
Pero aquello que mudito pensó que podría controlar, volvió con fuerza y virulencia. Los celos se convirtieron en furia descontrolada, y mientras su querida ciega compartía felizmente su tiempo con otras amistades, mudito sentía algo en su interior que le quemaba y le hacía retorcerse de dolor. Angustiado y temeroso de verse sumido en la locura, decidió romper el pacto con su amada.
Estar con ella le elevaba a un estado de paz absoluta, pasaba la semana soñando con ese momento. Las horas que compartía con su adorable amiga eran el sustento del resto. La dualidad había vuelto a gobernar su vida. Su sonrisa, sus besos, sus caricias, sus jerséis a rayas, su voz, sus pequeñas manos, su olor, su dulzura… Ella era el motor de su vida.
De repente lo entendió todo. Estaba enamorado. El pacto de amistad no fue más que un medio inconsciente para poder seguir viéndola, y los celos gritaban con fuerza lo que el corazón necesitaba.
Un compromiso.
Desde el principio ninguno de los dos quiso comprometerse, y avanzaron, uno apoyándose en las excusas del otro, hacia la nada, hasta quedarse ciegos y sin palabras.

Quejas de un ciudadano molesto

El 12 de mayo de 2009 anunciaron unas obras en mi calle. Siempre me ha parecido curioso como llamamos al tramo de calle que va de una travesía a otra, y que da acceso al portal de nuestra vivienda. Mi calle. Como si fuera nuestra y de nadie más, como si tuvieramos algún poder sobre ella. Quedamos en mi calle a las doce, están arreglando mi calle, nos hemos quedado sin luz en mi calle… Pues desde hace tres meses, mi calle está en obras.
Vivo en un piso de alquiler, y el primer día que lo vi la dueña me hizo un par de comentarios.
El primero fue:

— He oído que igual hacen la calle peatonal.

Eso fue en enero, y cinco meses más tarde vi el cartel anunciando el comienzo de unas obras. Todo empezó muy deprisa, cortaron la calle al tráfico, ya no se podía aparcar y habían retirado los contenedores de la basura.
La primero que pensé fue que mi casera tal vez estaba en lo cierto y que las inminentes obras convertirían la calle en una zona peatonal. Pero siendo esta calle un canal directo a un conocido centro comercial, tenía mis dudas. Poco después me aclararon que lo único que iban a hacer era ensanchar las aceras. Eso tenía más lógica. En fin, pronto vería el nuevo look de la calle, el tramo no mide más de 200 metros y si sólo tenían que tocar las aceras…

El segundo comentario de la dueña del piso fue:

— Esto está previsto que lo quiten.

Y con esto, se refería a:

DSC04090 Tendido eléctrico Tendido eléctrico - derecha

El tendido de la luz, bien visible, en estado ‘mírame y no me toques’ y a poco más de un metro del balcón. La situación del apósito podría resumirse de la siguiente manera:

— Su frágil estado transmite inseguridad, tanto a los vecinos de los balcones colindantes como al peatón que se percata de tal engendro.
— Es antiestético y desagradable a la vista.
— Es un claro ejemplo de dejadez por parte de la compañía eléctrica.
— A pesar de haber varias fincas nuevas en ese tramo de calle, ese tendido eléctrico da a los vecinos la impresión de estar viviendo en el pasado o en una ciudad de un país tercermundista.

Iluso de mí, al comienzo de las obras se me pasó por la cabeza que al levantar toda la acera, aprovecharían para enterrar esos cables y dar un aspecto limpio y actual a la calle. Fueron pasando las semanas. Llenaron nuestras casas de polvo todos los días, a las 8 de la mañana empezaba el ruido infernal de las taladradoras (que se detenía 45 minutos después, hora del almuerzo supongo…), para entrar en el portal había que saltar una señora zanga, la faena era mía para sacar y entrar la bici, para ir al trabajo tenía que trasponer cuatro calles atrás debido al corte de tráfico, los contenedores de basura estaban ahora más lejos, habían desaparecido valiosísimas plazas de parking, etc.

Llevan más de tres meses y todavía no han acabado. Eso sí, los cables siguen donde estaban. Si algún día se les ocurre enterrarlos, pues ya levantarán la acera de nuevo. Así habrá quien cobre dos veces por el mismo trabajo. Y todo por una falta de previsión y/o comunicación entre Endesa y el Ayuntamiento del distrito.
En definitiva, otro despropósito gestado por los lumbreras de turno, acomodados dirigentes de compañías eléctricas, de telecomunicaciones y del Ayuntamiento pertinente, entre otros.

Vivo en Hospitalet de Llobregat, la segunda ciudad por número de habitantes de Cataluña, y la 16 de España, y a veces creo que vivo en un pueblo perdido de la mano de Dios…

PD: he buscado por Internet fotos de calles de pueblos de España, con la intención de encontrar despropósitos similares, y tras quince páginas he desistido… no he visto nada igual!

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Cambiando de tema, aunque sin abandonar el desamparo que sufre a diario el ciudadano, hará unas dos semanas se me ocurrió abrir una reclamación a mi proveedor de Internet, ya que me estaba ofreciendo una velocidad bastante más baja (la mitad) que la pactada en el contrato. Y su respuesta fue clara y lapidaria:

— En el estado en que se encuentra la línea telefónica que llega hasta su casa, no puede disponer de más velocidad que la actual.

Y se acabó la discusión. No me ofrecieron ninguna solución, ni cambiar el par, ni cambiar el cable telefónico, ni revisar las instalaciones… nada. “Usted no merece ni la más mínima inversión por nuestra parte”, esa fue la sensación que me dió.

Vivo a cinco minutos (andando) de Barcelona, como muchos saben, una de las ciudades más privilegiadas en inversión de las telecos, y a veces creo que vivo perdido en lo alto de una montaña…