Secretos

Hace unos días estuve pensando en algo muy cotidiano de nuestras vidas y que nos ha acompañado desde muy pequeños. Eso que guardamos en el fondo de una caja o en lo más profundo de nuestro ser. Me refiero a los secretos.

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Nunca me había parado a pensar qué son, buscarles una definición más allá de la que encontramos en el diccionario. Y fue volviendo de una cena con unos amigos que hacía muchos años que no veia que me dió por pensar en los secretos. Habían pasado tantos años y hablamos tan poco… Fue una cena entretenida y me alegró mucho ver al antiguo grupo de amigos, con ellos he pasado tan buenos ratos… pero tuve la impresión de que todos callamos muchas cosas.

Y con eso me entretuve volviendo a casa, analizando porqué alguna vez nos callamos ciertas cosas, convirtiéndolas al final, en un secreto.
Sorprendentemente, no tardé en llegar a una conclusión. La teoria que elaboré dice:

Para que algo se convierta en secreto debe cumplir una de estas tres verdades:

1- No estamos preparados para contarlo
2- Nuestro oyente no está preparado para oirlo
3- No es el momento

No estamos preparados para contarlo
Por la razón que sea, nos avergüenza tremendamente contarlo y nos da lo mismo la reacción que tendrá el oyente, nadie debe enterarse. Con el tiempo, tal vez logremos asumir ese acto inefable y lleguemos a hacerlo público, pero por el momento, no estamos preparados para contarlo.

Nuestro oyente no está preparado para oirlo
Hemos asumido nuestro acto, lo hemos integrado como un episodio más de nuestra vida y no nos avergüenza contarlo, tenemos plena confianza en nosotros mismos y si hay que soltarlo en una cena de treinta comensales, se suelta. No hay nada más sano que reirse de uno mismo.
Pero, ¿y los demás?, ¿estarán preparados para oirlo? En este caso debemos valorar si el oyente está abierto a una narración de tal magnitud, si será capaz de entender lo que vamos a explicar sin elaborar un juicio rápido, equivocado y cruel hacia nuestra persona. Analicemos al oyente y decidamos si contarlo o convertirlo en un secreto. Porque en este punto lo importante no es nuestra reacción, si no la de los demás. De nada sirve contar nuestra experiencia con suma naturalidad si luego el oyente se va a escandalizar ante lo narrado. Incluso esa naturalidad mostrada puede irritarle aun más, llevándole a un aturdimiento total que no le permita ver los hechos con claridad y conduciéndole irremediablemente al juicio erróneo antes comentado.

No es el momento
Ya no es una cuestión de valor moral ni si el oyente aceptará nuestra historia, es una simple cuestión temporal. Estamos seguros de querer contarlo y convencidos que será bien recibido, pero ahora no es el momento. Escogeremos otro día, premeditado, y que aportará mayor impacto a la notícia. Mientras, será nuestro secreto.

Queda claro entonces, que estas tres verdades no se aplican de forma global. Cada persona es un mundo y deberemos aplicarlas individualmente. ¿Quien no le ha contado algo a su hermano y se lo ha callado a sus padres? Nosotros decidiremos en base a esas tres simples reglas si nuestra historia permanece en obsoluto secreto, si la dosificamos o la posponemos hasta un momento más propicio.

secreto

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