El Proyecto HOME

En los 200.000 años que llevamos los hombres sobre la Tierra hemos roto el equilibrio que durante casi cuatro mil millones de años de evolución se había establecido en el planeta. El precio que debemos pagar es alto, pero es demasiado tarde para ser pesimistas: la humanidad dispone apenas de diez años para invertir la tendencia, darse cuenta del grado de espolio de la riqueza de la Tierra y cambiar su modelo de consumo.

HOME es un largometraje dirigido por Yann Arthus-Bertrand y coproducido por EuropaCorp (Estudio de Luc Besson) y Elzévir Films con el apoyo de PPR.

Al igual que Tierra, HOME promete imágenes aéreas de impresionante belleza, así como espeluznantes muestras de como el hombre está destruyendo el planeta a marchas forzadas.

Especial atención se merece la brillante banda sonora que acompañará a las imágenes. A cargo de Armand Amar, contendrá un repertorio de músicas y voces de todo el mundo que con seguridad, nos hará disfrutar de HOME tanto dentro como fuera de la pantalla.

El 5 de junio se estrenará en cines e Internet, con el fin de llegar al mayor número de personas posible.

Acabo de tener un sueño

Son las 5 de la mañana, me acabo de despertar de un sueño raro, fascinante y precioso.

Estaba cumpliendo el servicio militar. Con cierta dificultad para encontrar mi petate con la ropa, finalmente conseguía vestirme y prepararme para una salido en moto. No sabía donde íbamos ni para qué, sólo que debía seguir a la moto de delante. Llovía, pero los inmensos pneumáticos de la moto del ejército me daban mucha seguridad. Salimos del cuartel a toda prisa, secando la carretera a nuestro paso y conduciendo de una manera casi temeraria. En más de una vez tuve que hacer una maniobra arriesgada para poder seguir a mi compañero, quien sabía perfectamente a donde se dirigía. Cogimos una salida de la autopista para entrar en un pueblo. Callejeando entre estrechas calles con aquellas enormes motos nos adentramos en la parte más tranquila del pueblo. Al detenernos, recordé aquel sitio. Había un bar donde alguna vez me paré a tomar algo… Y de repente el sueño cambió de rumbo. Ya no estaba vestido de caqui, ya no seguía a nadie, ahora estaba haciendo una ruta en moto visitando lugares que conocí durante la mili. Lo curioso es que el viaje era un viaje a ciegas, no sabía a donde iba hasta que, a falta de una manzana, recordaba a donde me dirigía. Y era genial… poco antes de llegar ya empezaba a recordar detalles, los adoquines de la calle, esa tienda de la esquina, incluso la luz colándose entre las esquinas, todo me era familiar. Mi última parada era un bar de un pueblecito encantador. Hacía esquina y tenía unas mesas en la terraza. Recordé haber estado allí antes, y la sensación del reencuentro fue muy gratificante. Seguí caminando por el porche, atravesando la hilera de mesas, y a medida que dejaba atrás el bar me envolvía una paz muy especial, un silencio mágico. En la esquina este del bar había un jardín precioso, lleno de flores de mil colores.

Y allí estaba Merche, justo en medio, con los brazos extendidos como si quisiera fundirse con las flores. Abrió los ojos, me miró y gritó:
– Corre, ven, prueba esto!!! Pon los brazos así, es increible!!!
Tenía sus manos llenas de insectos, moscas, abejas, hormigas… Me acerqué muy despacio sin parar de mirarla. Tenía un aspecto muy juvenil, no más de 20 años, todavía faltaban unos 10 años para que nos viéramos por primera vez en mis clases de inglés, pero allí estaba, hablándome como si me conociera de toda la vida… Me acerqué a ella con los brazos extendidos, sitiendo la caricia de las flores en mis manos, escuchando el viento que las agitaba suavemente, disfrutando del placer de cada paso en aquel maravilloso lugar…

Y desperté. Jamás conducí una moto en la mili, ni visité ningún pueblo de los que había visto en el sueño, ni recuerdo el bar bajo el porche y el parque lleno de flores. Hacía tan solo unos segundos todo eso era un recuerdo claro, lleno de detalles y que evocaba momentos pasados de mi vida… pero ahora me pregunto… ¿de qué vida?

Es realmente fascinante tener un sueño de este tipo. No es el primero que tengo, pero siempre me sorprenden. Sueño algo muy preciso, tan preciso que si no hubiera estado ahí, no tendría tanta información sobre ello, pero al despertar, me doy cuenta que nunca he estado en ese lugar. Y mi sueño se convierte en el recuerdo de un recuerdo de alguien que no soy yo.

flores

Simples placeres

Actualmente vivo en un piso pequeño pero muy, muy acogedor. Tiene una pequeña terraza con suficiente espacio para una mesita y dos sillas, un baul y un tendedero Antonius (otro genial invento de IKEA).

Como me instalé en pleno invierno, pasaron los meses y la terraza y yo apenas nos conocimos. Pero… todo acaba, y ya tenemos aquí la primavera, con esa perfecta temperatura que sólo ella y las primeras semanas de otoño nos proporcionan.
Un domingo que no tenía planes de salir de casa, decidí prepararme algo de comer y disfrutar de las horas del mediodía en la terraza. Una ensalada, un vaso de agua, un poco de música y algo para leer (una revista quincenal de informática, no tenía nada más a mano) llenaron mi primera comida ‘al aire libre’.

Me gustó, y mucho. Al ser domingo la calle respiraba silencio y tranquilidad. Tras la comida pude incluso alargar mi estancia tomando el sol, al menos media hora más.

Desde entonces, siempre que me es posible, aprovecho los fines de semana para comer en mi terracita, cada vez en mejor compañía: semanas atrás añadí un buen vino tinto a la comida y la preciosa música del último álbum de John Me. Y dado que por el momento, no hay vistas de compartir esos momentos con otra persona, que mejor acompañamiento que una buena lectura. Hoy he comprado un par de libros, Amarse con los ojos abiertos, de Jorge Bucay, y La crisis ninja, de Leopoldo Abadía. He empezado por éste último y me encanta, usa un lenguaje sencillo y cercano para hacernos llegar algo tan complejo como la economía mundial, que a mi, personalmente, se me atraganta como una rodaja de atún a la plancha, sin suquillo ni limón.

Esto es, en definitiva, un ejemplo más de los pequeños placeres que nos ofrece esta maravillosa vida nuestra.

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El fuego del amor

Se me olvidó avivar el fuego del amor.
Busco en el pasado revolviendo mis recuerdos y la veo a ella, avivando el fuego día a día, cargando ella sola con el peso del fuelle, mientras yo permanezco inmóvil, disfrutando del calorcito del amor que me envía, se está tan a gusto cuando te cuidan, cuando te quieren…

Se me olvidó avivar el fuego del amor… y acabó apagándose, mi dejadez la llevó hasta el agotamiento.
Al final sólo quedaron brasas, y andamos sobre ellas mientras nos separábamos, disfrutando los últimos días del calorcito de un amor consumido.

Recuerdo para no olvidar, para construir una mejor persona que en el futuro no cometa los mismos errores.
Se me olvidó avivar el fuego del amor… y no volverá a ocurrir.

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Secretos

Hace unos días estuve pensando en algo muy cotidiano de nuestras vidas y que nos ha acompañado desde muy pequeños. Eso que guardamos en el fondo de una caja o en lo más profundo de nuestro ser. Me refiero a los secretos.

sssh

Nunca me había parado a pensar qué son, buscarles una definición más allá de la que encontramos en el diccionario. Y fue volviendo de una cena con unos amigos que hacía muchos años que no veia que me dió por pensar en los secretos. Habían pasado tantos años y hablamos tan poco… Fue una cena entretenida y me alegró mucho ver al antiguo grupo de amigos, con ellos he pasado tan buenos ratos… pero tuve la impresión de que todos callamos muchas cosas.

Y con eso me entretuve volviendo a casa, analizando porqué alguna vez nos callamos ciertas cosas, convirtiéndolas al final, en un secreto.
Sorprendentemente, no tardé en llegar a una conclusión. La teoria que elaboré dice:

Para que algo se convierta en secreto debe cumplir una de estas tres verdades:

1- No estamos preparados para contarlo
2- Nuestro oyente no está preparado para oirlo
3- No es el momento

No estamos preparados para contarlo
Por la razón que sea, nos avergüenza tremendamente contarlo y nos da lo mismo la reacción que tendrá el oyente, nadie debe enterarse. Con el tiempo, tal vez logremos asumir ese acto inefable y lleguemos a hacerlo público, pero por el momento, no estamos preparados para contarlo.

Nuestro oyente no está preparado para oirlo
Hemos asumido nuestro acto, lo hemos integrado como un episodio más de nuestra vida y no nos avergüenza contarlo, tenemos plena confianza en nosotros mismos y si hay que soltarlo en una cena de treinta comensales, se suelta. No hay nada más sano que reirse de uno mismo.
Pero, ¿y los demás?, ¿estarán preparados para oirlo? En este caso debemos valorar si el oyente está abierto a una narración de tal magnitud, si será capaz de entender lo que vamos a explicar sin elaborar un juicio rápido, equivocado y cruel hacia nuestra persona. Analicemos al oyente y decidamos si contarlo o convertirlo en un secreto. Porque en este punto lo importante no es nuestra reacción, si no la de los demás. De nada sirve contar nuestra experiencia con suma naturalidad si luego el oyente se va a escandalizar ante lo narrado. Incluso esa naturalidad mostrada puede irritarle aun más, llevándole a un aturdimiento total que no le permita ver los hechos con claridad y conduciéndole irremediablemente al juicio erróneo antes comentado.

No es el momento
Ya no es una cuestión de valor moral ni si el oyente aceptará nuestra historia, es una simple cuestión temporal. Estamos seguros de querer contarlo y convencidos que será bien recibido, pero ahora no es el momento. Escogeremos otro día, premeditado, y que aportará mayor impacto a la notícia. Mientras, será nuestro secreto.

Queda claro entonces, que estas tres verdades no se aplican de forma global. Cada persona es un mundo y deberemos aplicarlas individualmente. ¿Quien no le ha contado algo a su hermano y se lo ha callado a sus padres? Nosotros decidiremos en base a esas tres simples reglas si nuestra historia permanece en obsoluto secreto, si la dosificamos o la posponemos hasta un momento más propicio.

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